[Lecturas de cuarentena]

20.3.2020

 

 

Corren tiempos extraños. Hace algunas semanas se hacía impensable imaginar un escenario como el actual. Pero amigos, como se suele decir: "la realidad supera a la ficción", y nunca mejor dicho. Sirva esto que está pasando para frenar la vorágine de vida que llevamos, tomemos esta circunstancia sobrevenida como una invitación a la reflexión, una oportunidad única de conocernos mejor e incluso de valorar la soledad también en términos positivos. Sin duda, si no somos capaces de salir renovados de esta situación, poca esperanza nos queda en nuestra pequeña caja de anhelos por cambiar y construir una sociedad mejor. Alimentemos, pues, esas esperanzas. Seamos optimistas y mantengamos encendida la llama de la ilusión.

Muchos están siendo los autores, libreros, editoriales y tantas otras personas o entidades relacionadas con la literatura que, en estos días de reclusión, están ingeniándoselas para hacernos llegar su obra de alguna forma. Siguiendo esta senda, quiero hacer mi pequeña aportación a la causa con este relato que escribí hace un par de años y que estos días he rescatado del fondo del cajón de mi escritorio. Creo, además, que encaja muy bien en el contexto actual. Espero que os sirva para sustraeros, al menos durante unos minutos, a la avalancha de noticias, podáis apartar posibles sentimientos de impotencia y ofuscación y os dejéis llevar por la imaginación y la... ¿fantasía?

 

Desde mi pequeño rincón del mundo, os mando muchos ánimos y ¡unas felices lecturas!

 

 

 

 

 

 

 

 

* * *

 

ΔΥΣΤΟΠÍΑ

[Distopía]

 

04:00 AM. La ciudad todavía duerme. Las luces amarillas y anaranjadas que iluminan el castillo es lo único que rompe el negro obsidiana del cielo. Él siempre ha estado ahí, a lo largo de los siglos, testigo de todo. Camino en sentido ascendente por la rampa que da acceso al río. Hace unos pocos minutos he dejado el cadáver del guardia tirado entre los matorrales y las cañas de los márgenes. No he perdido el tiempo en esconderlo, ¿para qué? No hace falta, además quiero que lo encuentren. Con suerte saldrá en el noticiero de la mañana. Se lo tenía bien merecido. Él y todos los que participan en este macabro sistema.

 

    Esta vez ha sido fácil. He bajado al río en horas prohibidas y tras agazaparme entre el cañaveral, he empezado a hacer luces intermitentes con mi pequeña linterna de mano. Ha tardado poco en aparecer. Mis brazos han presionado fuerte su cuello hasta que ha dejado de forcejear. He evitado hacer ruido. A estas horas el número de guardias es menor: uno cada dos o trescientos metros. Para cuando adviertan que su compañero ha desaparecido, con suerte ya estaré en casa.

 

    Acabo de llegar. Todo está en silencio. Creo que nadie me ha visto, he sido silencioso e invisible caminando oculto en la oscuridad, no obstante, nunca se puede asegurar, es un riesgo inevitable. Pero merece la pena. Me tumbo en la cama, así tal cual, vestido, pues no tengo nada de sueño. Saco mi smartphone y me conecto a la red del clan de los salvadores. Así es como nos hacemos llamar. Pese a sus ataques, ni siquiera han sido capaces de descifrar ni cortar nuestra red. Por muy grande que sea su poder y largas sus garras, seguimos contando con mejores informáticos. Escribo los símbolos en clave que confirman que ya está hecho. Al momento recibo el acuse de recibo. Todo en orden. Me conecto a Twitter y hago un repaso rápido al timeline; casi la mitad de los mensajes escritos han sido eliminados. Sucede a menudo. Hace algunos años instalaron una herramienta mediante la cual cada mensaje que va en contra del sistema, queda borrado inmediatamente después de ser escrito. Las leyes las dictaron ellos, sin tener en cuenta a una gran parte del pueblo. Al principio —esto me lo han contado mis antepasados y los compañeros del clan, pues yo aún no había nacido, o no tenía consciencia— empezaron a mandar a la cárcel a gente por tuits que ellos consideraban que incitaban al odio. También lo hicieron con cantantes o escritores por sus letras. Pero al final todo se desbordó; ya eran demasiados y los jueces no daban abasto con tantos casos, así que optaron por utilizar la tecnología. Esto también les permitió implementar algo que a la postre se convertiría en decisivo: un sistema a través del cual, cada vez que te censuran un mensaje, ya sea en Twitter o en otras redes —al final se extendió al resto— te van sumando unos puntos negativos que luego te restringen en muchos ámbitos; al acceder a un alquiler o en los bonos de compra, por ejemplo. Hay que evitar a toda costa llegar a los diez, pues entonces te detienen. Vienen y te transportan a unas especies de cárceles de las que nadie regresa —algunos dicen que te esclavizan el resto de tu vida a trabajar para el gobierno, aunque los políticos lo niegan—. Hablando de los políticos: todos piensan igual. Y digo esto porque todavía recuerdo, cuando era muy pequeño, algo a lo que llamaban oposición. Parece ser que consistía en que los partidos que perdían las elecciones, controlaban las políticas de los que gobernaban durante su mandato. Hoy en día no funciona así: existen solo dos partidos. Uno gobierna el estado, hace las leyes y todo eso. El otro está al mando de la justicia y controla la Guardia Parlamentaria. Lo hacen en ciclos de cinco años y, cuando el ciclo vence, entonces se intercambian los papeles. No hay fisuras entre ambos partidos, todos piensan igual y aplican casi las mismas medidas.

 

    El caso es que sigue pareciéndome fascinante aquella antigua sociedad de la que hablan: un sitio en el que podías hablar sin filtrar tus palabras; en el que podías salir a la calle a cualquier hora… ¡a cualquier hora, sí! ¿puedes creerlo? Sé que parece una locura, lo entiendo, a mí también me cuesta imaginarlo, más que nada porque solo sabemos lo que nos han dicho en la más extrema clandestinidad. No hay pruebas de nada. Parece ser que las borraron todas. Aprovecharon un virus que se convirtió rápidamente en pandemia, provocando infinidad de muertes a escala mundial, para confinarnos durante meses imponiendo el toque de queda. Eliminaron todo lo que les interesaba. Luego vino el resto.

 

    En fin, aunque suene contradictorio, tenemos esperanzas. Cada vez llevamos a cabo más acciones en el clan. Se nota que cada día somos más numerosos. Les asestamos golpes duros, aunque muchos son ocultados y nunca salen a la luz pública —como te imaginarás, por lo que te he contado a estas alturas, tienen a todos los medios de su parte—, nuestra red silenciosa va creciendo día a día. El objetivo final es la revolución. Aunque para ello tenemos que construir una base fuerte y estable. Estamos en ello, llevamos años trabajando con ese objetivo. Pensarás que quizá hemos conseguido poco después de tanto tiempo; ¡no es cierto! Ten en cuenta que nuestra organización es clandestina, estamos perseguidos por la enorme maquinaria del poder, pero aquí seguimos con la lucha, ¡y no nos rendiremos jamás! Nuestro lema es «Perseverancia, filosofía y libertad».

 

    ¿Sabes? Estaba pensando que esta ha sido mi segunda acción de muerte. Porque también he participado en otro tipo de actos, vandálicos como dicen ellos, nosotros decimos de liberación. No está nada mal mi bagaje con veintidós años y viviendo en una ciudad pequeña, donde es más difícil camuflarse, ¿eh? ¿Qué te parece? Pues lo que te digo, mi ciudad está en la región noroeste. No hay mar, pero tenemos un río llamado Segre —causa cierta sorpresa que no le cambiaran el nombre en su día como si hicieron con el de las ciudades, regiones, calles…— y un castillo que es nuestra joya de la corona, por así decirlo. Aunque ahora sea el cuartel general de la Guardia Parlamentaria en la ciudad. Todavía recuerdo cuando era pequeño y solía visitarlo de la mano de mi padre. Casi todos los domingos me llevaba, ascendíamos hasta la colina dándonos un paseo y luego regresábamos a casa donde nos esperaba mi madre con alguno de sus deliciosos platos recién cocinados. ¡Cómo me gustaban esos paseos! Ahora, con los perros viviendo allí —así llamamos a los guardias entre nosotros— uno no se puede ni acercar a sus murallas. Qué pena, un verdadero desperdicio. Y pobre papá, que años después fue capturado por los perros de la Guardia tras haber participado en un acto libertario en el que empapelaron toda la fachada del ayuntamiento con mensajes contra el Gobierno. Él sí era un auténtico luchador. Su ejemplo es lo que me guía cada día, lo que apuntala mi fuerza y mi resistencia y me impide caer en la subordinación al sistema. No he vuelto a verlo jamás, ni siquiera sé si está vivo, ¿te parece eso justo? Aunque eso no es óbice para que note su presencia, sobre todo en los momentos más complicados. Es como si estuviera a mi lado confiriéndome ánimos y esperanza. Ni siquiera informan a la familia sobre lo que pasa con ellos cuando son capturados ¿puedes imaginar mayor tortura que la de no saber si murieron o siguen vivos? Claro que es su estrategia: jugar con la incerteza. Pero, ni aún por esas podrán con nosotros. Lo que consiguen es dar más sentido aún a nuestra lucha. Pese al sufrimiento que nos infringen, eso sí que no lo niego.

   

 

    Tanto hablar y ya está amaneciendo. Voy a poner el noticiario regional. Antes paso por la nevera; apenas me queda leche y solo tengo un par de bonos de lácteos. La verdad es que este mes he bebido demasiada y voy a tener que racionármela, al menos hasta vuelva a tener más bonos a principio de mes. Otra posibilidad es pedirle prestada a mi vecino. Pero hay que tener cuidado con estas cosas, nunca sabes quién puede ser un espía de la Guardia. Con el vecino del segundo ya lo hemos hecho otras veces, aunque no hay que fiarse de nadie al cien por cien. Nunca sabes en qué momento alguien te puede traicionar a cambio de un miserable puñado de bonos extra.

 

    Atentado contra la Guardia Parlamentaria; se encontró un guardia muerto a navajazos en los márgenes del río Segre, enredado entre los matorrales. La insurgencia pagará por ello. El estado garantiza que seguirá conservando la paz y el imperio de la ley, que todos nos hemos dado, será respetado.

 

    ¡Ja! A navajazos dicen, menuda sarta de embusteros. En fin, me da igual, ¡joderos, lameculos! Lógicamente, han dado la noticia acusándonos de terroristas, ¡como si sus políticas no lo fueran! Aunque claro, están bajo el amparo de las injustas leyes que ellos mismos instauraron.

    Voy a cambiarme de ropa. Dentro de un rato tendré que ir a trabajar y hacer como si nada hubiera sucedido. No me resulta difícil controlar mis emociones. La primera vez fue más complicado: me costó un poco mantener bajo control la excitación que sentía tras haber llevado a cabo la acción. Pero enseguida aprendes que es peligroso, que no hay que dejar rastro. Somos héroes silenciosos.

 

    Oigo golpes en la puerta. Es extraño, ¿quién puede ser a estas horas? Recorro el estrecho y corto pasillo hacia ella. Cuando estoy llegando, escucho un fuerte y seco golpe y la puerta se abre por completo. Al instante me encuentro rodeado de guardias. ¡Maldita sea! ¿Cómo lo han sabido? Me agarran entre dos por debajo de los brazos y me llevan a la fuerza hacia la calle. Son enormes, seguro que pasan del metro noventa. La camisa de color gris del uniforme les queda tan ajustada al cuerpo que parece que se les vaya a romper en cualquier momento. Me meten en la parte de atrás del Aníbal de un empujón —sí, sí, disculpa, el Aníbal es el todoterreno oficial de la Guardia Parlamentaria, parecido a los vehículos del ejército—. Al salir a la calle he mirado hacia arriba y he visto gente mirando a través de las ventanas. ¡Menudo espectáculo!, ¿eh? Hoy tendrán tema de conversación cuando lleguen al trabajo o cuando se reúnan en sus casas.

 

    Miro a través de la ventanita que hay en la puerta trasera. Estamos pasando por la Rambla del Emperador —antigua Rambla Ferran—. Al cabo, el vehículo se detiene. Al bajar me doy cuenta de que estoy delante del Roser. Hace años dicen que fue un parador, un hotel, vamos. Hoy en día es un edificio del Departamento de Justicia. Nadie puede entrar, gente del pueblo me refiero. Me encierran dentro de una pequeña sala rectangular. Las paredes son blancas y la pintura se está desconchando por varias zonas. El suelo no está revestido con ningún material, solo muestra el cemento oscuro que dota a la habitación de una sombría tristeza. Hay una cama con una manta de color beige y una pequeña mesa de madera muy envejecida con una silla igual de vieja al fondo. Una pantalla de televisión cuelga de la pared. Está apagada. Me siento en la cama. El tenso silencio es de aquellos que preceden a algo negativo. El aire parece tan pesado y físico que se podría cortar a rebanadas como si fuera un pan. De repente una voz masculina emerge de la pantalla. Me recuerda al tipo de voces frías y robóticas que puedes escuchar en los aeropuertos o cuando esperas tu turno en los centros oficiales para renovar la tarjeta de identificación.

 

    Señor Dalmau, está usted en una sala de reorientación. Siéntese en la silla y preste atención al vídeo número uno que en breve aparecerá en la pantalla, por favor.

 

    Transcurren varios segundos y el monitor cambia su color oscuro por los colores de las imágenes que van reproduciéndose. Vienen acompañadas de una voz en off que dice a modo de título: Las ciudades del futuro.

    El vídeo ha durado unos quince minutos. Iba de mi ciudad en un futuro próximo. Era una ciudad perfecta, habitada por personas buenas y ejemplares. Una bazofia ilusoria, vamos. Al terminar, la pantalla se ha apagado y vuelve a hablarme la voz en off del principio:

 

    Señor Dalmau. Está aquí por el asesinato de un policía de la Guardia Parlamentaria. Le ofrecemos la opción de rehabilitarse y reintegrarse en nuestra sociedad.

 

    —¡Ja! Una opción dice, ¡menuda patraña! ¡Que os den! —les grito.

 

    Señor Dalmau, preste atención al vídeo número dos que en breve aparecerá en la pantalla, por favor.

 

    Esta vez ha sido más largo: más de media hora de tortura. Una especie de código de buena conducta, el cual, seguido al pie de la letra, supuestamente llevará a nuestra sociedad hasta la perfección. Una sociedad exenta de violaciones, robos, crímenes… El vídeo viene acompañado de testimonios de personas que estaban en mí misma situación y que se vanaglorian de haber sido reorientadas disfrutando ahora de la vida como nunca antes. Lo que yo te digo: una basura irreal.

    Al final aparece de nuevo la voz en off:

 

    Señor Dalmau, ¿está dispuesto a aceptar la reorientación?

 

    —¡Ni en sueños! A ver si pensáis que vais a conseguir otro borrego para vuestra causa de mierda.

 

    La habitación se queda de nuevo en silencio. De pronto escucho un sonido. Es como si alguien estuviera rascando con sus uñas contra la pared. Sin levantarme de la silla me doy la vuelta y veo un ratón en la pared opuesta a donde está la cama, justo en la esquina. Es de color gris, no muy grande, y se confunde con el suelo del mismo color. Seguro que ya estaba aquí cuando entré y no lo vi. Menudo asco. Solo espero que no me vea obligado a comérmelo; quien sabe si voy a pasarme mucho tiempo aquí encerrado o van a matarme rápido. Nunca se sabe con esta gente. Da igual, sea lo que sea, no estoy dispuesto a dar mi brazo a torcer.

 

    El tiempo pasa sin que nada suceda. Me levanto de la silla y camino por la habitación. Lo hago de un extremo al otro dando pequeños pasos, así tengo la sensación de recorrer más distancia. Me cargo de fuerzas para seguir firme —estoy seguro de que las necesitaré—. Me pilla de espaldas cuando escucho una voz que me suena de algo y me saluda llamándome por mi nombre:

 

    Hola, Max.

 

    Me doy la vuelta y entonces lo veo: ¡es mi padre! No puedo creerlo. Aparece en primer plano con el castillo de la Guardia al fondo —antes lo llamaban Seu Vella, lo recuerdo aún de cuando era pequeño—. Primero pienso que es algún tipo de simulación tecnológica, pero lo descarto al ver que él responde a mis preguntas y conversa conmigo como si estuviera en la habitación. Físicamente, me refiero. Espera, esto sí que es bueno: dice que él se ha reorientado, que siga su mismo camino. Que si acepto podré volver a verle e incluso vivir con él. Podría imaginar mil situaciones, pero para nada esperaba esta. No me dice qué pasará si digo que no, en todo caso, soy consciente de que nunca me dejarán volver a mi vida anterior, eso lo tengo claro. Nadie desaparecido ha regresado.

    La pantalla se apaga. La última frase de mi padre ha sido: Decídete, hijo. Esta vida es maravillosa, pero tienes que verlo tú mismo. Estoy sin palabras. Transcurridos unos segundos, la voz en off vuelve a aparecer:

 

    Señor Dalmau, ¿está dispuesto a aceptar la reorientación?

 

 

© Joan Roure, 2020

 

 

 

 

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