BAJAMARES


He aquí una de aquellas joyas que llegan cada año a nuestras librerías y que en su mayor parte terminan por pasar desapercibidas al no estar editadas por grandes grupos editoriales. No debería quedar en un segundo plano esta obra, escondida entre la multitud de títulos comerciales y bestsellers que, como vulgarmente diríamos, no le llegan ni a la suela de los zapatos a esta novela. Pero dejémonos de retórica, ¿cómo llegué yo a este libro? Pues de una de las formas más habituales hoy en día, a través de las redes sociales. Tan solo hizo falta que me topara con una publicación de su autor —apenas fueron unas pocas líneas— para sentir aquel flechazo que sobradamente conocerán los grandes amantes de la lectura, una especie de intuición imposible de definir y que te indica que ese libro es para ti, que tienes la obligación de leerlo. Y así lo hice. Seguí al pie de la letra los deseos provocados por esa intuición y desde el primer párrafo ya supe que se iba a convertir en una gran lectura, ¿acaso entre mis mejores del año? Sin duda, y además en lo más alto de esa lista.


Bajamares es una obra que nos habla de soledad, y lo hace profundizando en el interior de su protagonista, un joven que solicita la plaza de farero en un pequeño islote deshabitado donde solo hay arena, rocas y lagartos. En Roque Espino, la navegación por sus aguas puede resultar una trampa mortal para las embarcaciones y se precisa de un farero para evitar naufragios. Obviamente, el ayuntamiento de Malamuerte —la localidad de la que depende el islote— no encuentra a nadie que se preste a ir a vivir en soledad en una plaza tan inhóspita hasta que, tal como si fuera una bendición, aparece nuestro protagonista, un ser solitario y taciturno. Y como siempre hay un porqué de las cosas, a medida que avanzaremos en la narración, conoceremos, a parte de su día a día en el faro, el sufrido pasado del farero y, aunque podamos no compartirlos, entenderemos sus motivos para aislarse del mundo.


Estamos ante una novela estructurada en capítulos cortos cada uno con distinto narrador, lo que nos da la particular visión de cada uno de los personajes, alternando constantemente entre presente y pasado, lo cual da un toque original al conjunto de la obra. La prosa de Tocornal es deliciosa y rica en vocabulario —en lo que hace referencia a la mar y a sus derivados, un verdadero dominio de los términos marítimos—, pero también lo son las metáforas utilizadas. El gaditano me ha recordado en algunos pasajes a Cărtărescu, bajo mi punto de vista, el mejor narrador de la actualidad. No debería confundir esa circunstancia con el hecho que Tocornal estuviera exento de una voz propia, todo lo contrario, la tiene y además muy personal, actual pero con un importante toque de lo más tradicional de la literatura española, mostrándonos que a veces no hay necesidad de buscar tanto la originalidad a toda costa en el lenguaje, pues el resultado puede llevar a hacernos caer en su reverso.


Termino la lectura con la sensación de haber estado en Roque Espino espiando a través de un agujerito las andanzas de nuestro farero, tratando de no acercarme mucho para no ser visto —¡Dios me libre, no era mi intención molestar al farero!—, y de no pisar la comunión de lagartos que se posan a mis pies, impregnado de sal en la boca y arena en los bolsillos. Sí, son palabras mayores, soy consciente, pero les aseguro que están bien merecidas, y en un arrebato de osadía, hasta me atrevo a decirles que ustedes harían muy bien de descubrir a Tocornal leyendo esta auténtica maravilla de novela.



"Miro la tierra firme. Ya lleva tiempo prendido el faro cuando veo encenderse las primeras luces en la costa de Malamuerte; es la única vez en todo el día en que me acuerdo de que hay otra gente y me digo que he sido afortunado por venir al Roque y por no tener que vivir cerca de nadie. Tenemos el privilegio de habitar en el único lugar donde las cosas tienen sentido. Y eso es porque no hay otros. Si hubiese más gente, el sentido que le damos a las cosas que hacemos podría ser alterado por el sentido que otros les dan. Podrían arrebatarnos la razón de ser de cada acto o viciarla con palabrería. Algunos dirán que ese es el sacrificio que hay que hacer cuando se vive en sociedad. Pero yo y la sociedad no hemos sabido hacer buenas migas. Nada de sacrificios."

EL AUTOR:

Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, 1964) cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y, tras varios años en París, se instaló definitivamente en Mallorca. Sus cuentos cortos han sido premiados en más de treinta certámenes, entre los cuales se encuentran algunos de los más prestigiosos en castellano. Su primer libro publicado fue la novela La ley de los similares en 2013.

Su novela La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (editorial Aguaclara, 2018) fue finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta «Ciudad de Barbastro» en 2016 y ganadora del XXII Premio de Novela «Vargas Llosa» en 2017.


Título original: Bajamares

Editorial: Ediciones Insólitas

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